[Livro] EL COMBATE CRISTIANO, San Agustín

EL COMBATE CRISTIANO

Traductor: Lope Cilleruelo, OSA

Revisión: Domingo Natal, OSA

CAPÍTULO I
La gracia de Cristo vence al diablo

1. La corona de la victoria no se promete sino a los que luchan. En la divinas Escrituras vemos que, con frecuencia, se nos promete la corona si vencemos. Pero para no ampliar demasiado las citas, bastará recordar lo que claramente se lee en el apóstol San Pablo: terminé la obra, consumé la carrera, conservé la fe, ya me pertenece la corona de justicia 1. Debemos, pues, conocer quién es el enemigo, al que si vencemos seremos coronados. Ciertamente es aquel a quien Cristo venció primero, para que también nosotros, permaneciendo en Él, le venzamos. Cristo es realmente la Virtud y la Sabiduría de Dios, el Verbo por quien fueron creadas todas las cosas, el Hijo Unigénito de Dios, que permanece inmutable siempre sobre toda criatura. Y si bajo Él está la criatura, incluso la que no pecó 2, ¿cuánto más lo estará toda criatura pecadora? Si bajo Él están los santos ángeles, mucho más los estarán los ángeles prevaricadores cuyo príncipe es el diablo. Pero como el diablo defraudó nuestra naturaleza, el Hijo único de Dios se dignó tomar esa misma naturaleza, para que, por ella misma, el diablo fuera vencido. Así, Él, que tuvo siempre sometido al diablo, le sometió también a nosotros. A él se refiere cuando dice: el príncipe de este mundo ha sido arrojado fuera 3. No porque fuera expulsado del mundo, como dicen algunos herejes, sino que fue arrojado del alma de los que viven unidos al Verbo de Dios y no aman al mundo del que él es el príncipe porque domina a los que aman los bienes temporales que se poseen en este mundo visible. No quiero decir que él sea el dueño de este mundo, sino que es el príncipe de las concupiscencias con las que se codicia todo lo pasajero. Así, somete a los que aman los bienes caducos y mudables y se olvidan del Dios eterno. Pues: raíz de todos los males es la codicia, a la que algunos amaron y se desviaron de la fe, y, así, se acarrearon muchos sufrimientos 4. Por esta concupiscencia reina el diablo en el hombre y posee su corazón. Esos son los que aman este mundo. Pero se renuncia al diablo, que es el príncipe de este mundo, cuando se renuncia a las corruptelas, a las pompas y a los ángeles malos. Por eso, el Señor, al llevar en triunfo la naturaleza humana, dice: Sabed que yo he vencido al mundo 5.
CAPÍTULO II
Modo de vencer al diablo
2. Pero muchos dicen: ¿Cómo podemos vencer al diablo si no le vemos? Tenemos ya un Maestro que se ha dignado mostrarnos cómo se vencen los enemigos invisibles. Pues de Él dice el Apóstol: se desnudó de la carne y sirvió de modelo a principados y potestades, al triunfar confiadamente de ellos en sí mismo 6. Vencemos las potestades hostiles invisibles cuando vencemos las apetencias invisibles. Y por eso, cuando vencemos en nosotros la codicia de los bienes temporales, necesariamente vencemos en nosotros al que reina en el hombre por esa codicia. Pues, cuando se le dijo al diablo: comerás tierra, se le dijo al pecador: eres tierra y tierra te volverás 7. Así, el pecador fue dado como alimento al diablo. No seamos tierra si no queremos ser devorados por la serpiente. Pues, así como lo que comemos se convierte en nuestro cuerpo, y el mismo alimento se hace aquello mismo que somos por el cuerpo, así también, por las malas costumbres, por la malicia, la soberbia y la impiedad, se hace uno, como el diablo, esto es, igual a él, y se somete a él, como nuestro cuerpo nos está sometido. Y esto es lo que significa ser devorados por la serpiente. Así pues, todo el que tema aquel fuego que está preparado para el diablo y sus ángeles 8, trabaje para triunfar de aquél en sí mismo. Pues a los que nos combaten desde fuera, los vencemos desde dentro cuando vencemos las concupiscencias por las que ellos nos dominan. Porque únicamente a los que encuentran iguales que ellos, los llevan consigo al suplicio.
CAPÍTULO III
¿Cómo viven los demonios en el cielo,
si son príncipes de las tinieblas?
3. El Apóstol recuerda que combate, dentro de sí, contra los poderes exteriores. Dice así: No peleamos contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes y potestades de este mundo y los gobernadores de estas tinieblas, contra los malvados espíritus que habitan en el cielo 9. Con el término “cielo” se designa el aire, en el que se forman los vientos y las nubes, las borrascas y torbellinos, como atestigua la Escritura en muchos pasajes: y tronó desde el cielo el Señor 10y las aves del cielo 11y los pájaros del cielo 12, pues es manifiesto que la aves vuelan en el aire. Nosotros mismos tenemos la costumbre de llamar cielo al aire, y, así, cuando preguntamos si hace sereno o nuboso, unas veces decimos: ¿Cómo está el aire?, y otras: ¿Cómo está el cielo? Digo esto para que nadie piense que los demonios habitan donde Dios colocó el sol, la luna y las estrellas. A estos demonios malos el Apóstol los llamó espirituales porque en las divinas Escrituras se llama también espíritus a los ángeles malos. Y se dice que son gobernadores de estas tinieblas, porque llama tinieblas a los pecadores, a quienes los demonios dominan. Por eso, en otro lugar dice: en otro tiempo fuisteis tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor 13, pues los que eran pecadores ya habían sido justificados. No pensemos, pues, que el diablo y sus ángeles habitan en el sumo cielo, de donde creemos que cayeron.
CAPÍTULO IV
Teoría de los maniqueos
4. Erraron, pues, los maniqueos cuando dijeron que antes de la creación del mundo había un linaje de las tinieblas que se rebeló contra Dios. Creen los infelices que en esta guerra no pudo el Dios omnipotente defenderse contra ellos de otro modo que arrojando una parte de su sustancia divina. Los príncipes de aquel linaje, según ellos, devoraron parte de la sustancia divina y así quedaron sosegados de modo que pudo fabricarse el mundo a partir de ellos. Explican así que Dios logró la victoria con grandes calamidades, tormentos y desventuras de sus miembros. Pues, según añaden, los miembros divinos tuvieron que ser asimilados por las entrañas tenebrosas de aquellos príncipes para calmarlos y mitigar su furor. No entienden que su secta es tan sacrílega que presenta al Dios omnipotente luchando con las tinieblas, no por medio de las criaturas que Él creó, sino con su propia sustancia, lo que es realmente sacrílego. Y no solo esto, sino que añaden que los vencidos se hicieron así mejores, pues quedó mitigado su furor, aunque la sustancia divina, que venció, se envileció. Más aún, dicen que, al mezclarse con las entrañas tenebrosas, la sustancia divina perdió el entendimiento, la bienaventuranza y quedó sumida en grandes errores y desventuras. Y aunque expliquen que, al fin, toda la sustancia divina quedará purificada, afirman una gran impiedad contra el Dios omnipotente, cuya sustancia creen que ha sufrido errores y castigos sin culpa alguna. Incluso, los infelices se atreven a decir que no toda la sustancia se podrá purificar, y que esa parte no purificada contribuirá al bien de su portador al quedar envuelta y sepultada en el mal. Así siempre habrá una parte desventurada de Dios, porque aunque en nada delinquió quedará sujeta, para siempre, a la cárcel de las tinieblas.
Esto dicen los maniqueos para seducir a las almas sencillas. Pero ¿quién será tan ingenuo que no vea que todo esto es un sacrilegio, pues se afirma que el Dios omnipotente, vencido por la fatalidad, tuvo que entregar una parte propia, buena e inocente, para verse envuelta en tantas desventuras y mancillada con tanta inmundicia, de modo que no pueda libertarse del todo y, así, sin poder liberarse quede sujeta a cadena perpetua? ¿Quién no execrará todo esto? ¿Quién no comprenderá que es algo impío y nefando? Pero ellos, cuando captan a alguien, no comienzan por decirle esto, puesto que, si así lo hicieran, todos se burlarían de ellos y les abandonarían, sino que comienzan por seleccionar los pasajes de la Escritura que los sencillos no entienden, y así les engañan, como a almas inexpertas, preguntándoles que de dónde viene el mal. Así lo hacen, por ejemplo, con este pasaje en el que dice el Apóstol: Los gobernadores de estas tinieblas y los espíritus malos que habitan en el cielo 14. Vienen, pues, estos seductores y preguntan a un hombre que no entiende las divinas Escrituras cómo pueden estar en el cielo los gobernadores de las tinieblas, para que, al no saber responder, sea arrastrado por ellos al engaño, pues toda alma ignorante es curiosa. Mas quien conoce bien la fe católica y vive protegido por las buenas costumbres y la verdadera piedad, aunque no conozca su herejía, sabe cómo responderles. Pues nadie puede engañar al que conoce lo que atañe a la fe católica, difundida por el orbe de la tierra, ya que ella vive segura, bajo el gobierno de Dios, frente a los impíos y pecadores y frente a los mismos católicos negligentes.
CAPÍTULO V
De cómo los espíritus malos habitan en el cielo
5. Decíamos que el apóstol San Pablo afirma que estamos en combate contra los gobernadores de las tinieblas y los espíritus malos que habitan en el cielo. Y ya hemos probado que se llama cielo incluso al aire próximo a la tierra. Ahora, es preciso creer que nosotros luchamos contra el diablo y sus ángeles que se gozan en nuestra perturbación. En efecto, el mismo Apóstol, en otro lugar, llama al diablo príncipe del poder del aire 15. Aunque este pasaje, en que dice: los espíritus malos del cielo, pueda entenderse de otro modo, para que no ponga en el cielo a los mismos ángeles prevaricadores, sino más bien a nosotros de quienes en otro lugar dice:nuestra conversación está en el cielo 16. Y para que aferrados a las cosas celestiales, es decir, caminando en los preceptos espirituales de Dios, luchemos contra los espíritus malos que tratan de arrojarnos de allí. Mucho nos hemos de preguntar cómo podemos luchar y vencer a los enemigos que no vemos, para que no piensen los necios que peleamos con el aire.
CAPÍTULO VI
Para vencer al diablo y al mundo hay que someter el cuerpo
6. El mismo Apóstol nos enseña cuando dice: No peleo como quien azota el aire, sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que, mientras predico a otros, yo sea encontrado réprobo 17. Y también dice: Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo 18. Por lo que hemos de entender que el Apóstol triunfó, en sí mismo, de los poderes de este mundo, como lo había dicho el Señor 19, cuyo imitador se declara. Imitémosle, pues, nosotros, como él nos exhorta, y castiguemos nuestro cuerpo y reduzcámoslo a servidumbre si queremos vencer al mundo. Pues el mundo puede dominarnos con sus placeres ilícitos, con sus pompas y curiosidad malsana. Puesto que los placeres perniciosos de este mundo esclavizan a los amantes de las cosas temporales, y les obligan a servir al diablo y a sus ángeles. Pero si hemos renunciado a todas esas cosas, reduzcamos a servidumbre a nuestro propio cuerpo.
CAPÍTULO VII
Para someter nuestro cuerpo debemos someternos a Dios,
a quien todo sirve quiera o no
7. Pero quizá alguien pregunte cómo hacer para reducir nuestro cuerpo a servidumbre. Esto puede fácilmente entenderse y realizarse si primero nosotros nos sometemos a Dios con buena voluntad y sincera caridad. Verdad es que toda criatura, quiera o no, está sometida a su único Dios y Señor. Pero se nos amonesta que sirvamos al Señor nuestro Dios con plena voluntad. Porque el justo sirve libremente, el injusto forzosamente, pero todos sirven a la divina Providencia. Unos obedecen como hijos y hacen así lo que es bueno, otros trabajan encadenados, como esclavos, y se hace con ellos lo que es justo. Así, el Dios omnipotente, Señor de la creación entera, que, como está escrito, hizo todas las cosas muy buenas 20, las ordenó de tal modo que hacen el bien por las buenas o por las malas. En efecto, lo que se hace con justicia, bien se hace. Con justicia son bienaventurados los buenos y justamente padecen suplicio los malos. Dios hace el bien a los buenos y a los malos porque todo lo hace con justicia. Buenos son los que con toda su voluntad sirven a Dios, y malos los que sirven por necesidad, pero nadie se sustrae a la ley del Omnipotente. Con todo, una cosa es hacer lo que la ley ordena y otra padecer lo que la ley impone. Por eso, los buenos actúan según las leyes, y los malos padecen según las leyes.
8. No nos impresione el que los justos toleren muchos sufrimientos graves y ásperos en esta vida que llevan en su carne mortal. Pues ningún mal padecen los que pueden decir lo que pregona y alaba aquel varón espiritual que fue el Apóstol, cuando dice: Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia, la paciencia la prueba, la prueba la esperanza, y la esperanza no queda defraudada, porque la caridad de Dios se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado 21. Luego, en esta vida, donde hay tantas tormentas, los hombres justos y buenos no solo pueden tolerarlas con ánimo tranquilo cuando las sufren, sino que también pueden gloriarse en la caridad de Dios. Pues ¿qué hemos de pensar de aquella vida que se nos promete, en la que no hemos de sentir molestia alguna en el cuerpo? Para diferente destino resucitará el cuerpo de los justos y el cuerpo de los impíos, como está escrito: todos resucitaremos, pero no todos seremos transformados 22. Y para que nadie piense que esta transformación no se promete a los justos, sino, más bien, a los injustos estimando que ese cambio es para castigo, continúa diciendo: y los muertos resucitarán incorruptos y seremos transformados 23. Todos los malos que hay han sido ordenados así: cada uno es dañino para sí, y todos son dañinos para todos. Apetecen lo que no puede amarse sin la propia ruina y lo que fácilmente se les puede quitar, y así se lo quitan unos a otros cuando se persiguen mutuamente. Y, porque aman los bienes temporales, sufren aquellos a los que se les quitan, pero los que se los arrebatan se regocijan. Esa alegría es ceguera y suma miseria, ya que esclaviza al alma y la arrastra a mayores tormentos. Pues también se regocija el pez cuando, sin ver el anzuelo, se lanza a la carnaza, pero cuando el pescador comienza a tirar de él, primero siente el tormento en sus entrañas, y, luego, pasa del regocijo a la muerte con el mismo cebo que le entusiasmó. Así, todos los que se sienten felices con los bienes temporales, se han tragado el anzuelo y con él viven la zozobra, pero vendrá un tiempo en que sentirán los graves tormentos que, con tanta avidez, han devorado. Y, por eso, en nada se daña a los buenos cuando les quitan lo que no aman, ya que aquello que aman y por lo que son felices, nadie se lo puede quitar. Pues los dolores corporales afligen míseramente a las almas malas, mientras purifican con reciedumbre a las buenas. Así acontece que el hombre malo y el ángel malo luchan a favor de la Providencia divina, aunque no saben el bien que Dios realiza por medio de ellos. Por tanto, no se les pagará con el mérito del servicio, sino con el salario de la malicia.
CAPÍTULO VIII
Todo lo gobierna la divina Providencia
9. Pero, así como estas almas, con voluntad capaz de dañar y entendimiento para pensar, están ordenadas por la ley divina, para que nadie padezca injustamente, del mismo modo, todas las cosas, animales y corporales, cada una según su género y orden, están sometidas a la ley de la divina Providencia y son gobernadas por ella. Por eso dice el Señor: ¿No se venden dos pájaros por un as, y no cae en tierra uno de ellos sin la voluntad de vuestro Padre? 24 Pues esto lo dijo para mostrar que la omnipotencia divina gobierna incluso lo que los hombres consideran muy vil. Así, atestigua la Verdad que Dios alimenta las aves del cielo, viste a los lirios del campo y tiene incluso contados los cabellos de nuestra cabeza 25. Pero como Dios cuida, por sí mismo, de las puras almas racionales, ya se trate de los grandes y óptimos ángeles, ya de los hombres, que le sirven con toda su voluntad, y lo demás lo gobierna por medio de ellos, con toda verdad se pudo decir también lo del Apóstol:¿acaso se cuida Dios de los bueyes? 26 En las santas Escrituras, Dios enseña a los hombres cómo han de comportarse con los otros hombres y servir al mismo Dios. Ya saben ellos, por sí mismos, cómo tratar a sus animales, esto es, cómo cuidar su salud, dada la experiencia, la pericia y la razón natural, unas dotes que han recibido de los grandes tesoros de su Creador. Así pues, el que pueda, entienda cómo Dios su Creador gobierna a todas sus criaturas por medio de las almas santas, que son sus ministros en el cielo y en la tierra. Esas almas santas fueron hechas por Él y mantienen el primado de todas sus criaturas. El que pueda, pues, entender, entienda y entre en el gozo de su Señor 27.
CAPÍTULO IX
Gustar la dulzura divina
10. Pero si no podemos entenderlo mientras vivimos en este cuerpo y peregrinamos alejados del Señor 28, gustemos al menos cuán suave es el Señor 29, que nos dio las arras del Espíritu 30, con el que podamos experimentar su dulzura, y codiciemos la fuente misma de la vida, en la que, con sobria embriaguez, seamos regados e inundados, como el árbol plantado al borde de la corriente de agua 31, que da fruto a su tiempo y sus hojas nunca caen. Pues dice el Espíritu Santo: Los hijos de los hombres esperarán a la sombra de tus alas, se embriagarán de las riquezas de tu casa y los abrevarás en el torrente de tus delicias. Porque en ti está la fuente de la vida 32. Esa embriaguez no quita el sentido, sino que lo arrebata hacia lo alto y produce el olvido de las cosas terrenas, de modo que podamos decir, de todo corazón: como desea el ciervo las fuentes de agua, así te desea a ti mi alma, ¡oh Dios! 33
CAPÍTULO X
El Hijo de Dios se hizo hombre por nosotros.
El libre albedrío
11. Pero si acaso no somos capaces de gustar la dulzura del Señor, a causa de las enfermedades que el alma contrajo por el amor de este mundo, creamos a la autoridad divina que en las Escrituras santas habló acerca de su Hijo, que como dice el Apóstol: vino a ser del linaje de David según la carne 34. Como está escrito en el Evangelio: todo fue creado por Él y sin Él nada se hizo 35. Él se compadeció de nuestra flaqueza, flaqueza que no es obra suya, sino que hemos merecido por nuestra voluntad. Pues Dios hizo al hombre inmortal y le dotó de libre albedrío 36, ya que no sería perfecto si hubiese tenido que cumplir los mandamientos de Dios por la fuerza y no de grado. Todo esto, a mi juicio, es muy fácil de entender, pero no quieren entenderlo los que abandonaron la fe católica y quieren llamarse cristianos. Pues si con nosotros confiesan que la naturaleza humana no se cura sino haciendo el bien, confiesen que no se debilita sino pecando. Por lo tanto, no podemos creer que nuestra alma sea sustancia divina, porque, si lo fuese, no se podría deteriorar ni por su propia voluntad ni por ninguna necesidad imperiosa. Pues es bien sabido que Dios es inmutable para todos aquellos que no se empeñan en disputas, celos y deseos de vanagloria y en hablar de lo que no saben, sino que, con humildad cristiana, perciben la bondad de Dios y le buscan con un corazón sencillo 37. El Hijo de Dios se dignó asumir esta nuestra flaqueza: y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros 38. No porque su eternidad fuera suplantada, sino porque mostró a la mirada mudable humana la criatura mudable que asumió con inmutable majestad.
CAPÍTULO XI
Conveniencia de la encarnación de Dios para liberar al hombre
12. Realmente son unos necios los que dicen: ¿No podía la Sabiduría divina liberar al hombre de otro modo sino asumiendo al hombre, naciendo de mujer y padeciendo tanto de parte de los pecadores? A éstos les decimos: Podía perfectamente. Pero, si lo hubiese hecho de otro modo, también hubiese disgustado a vuestra necedad. Si no hubiese aparecido a los ojos de los pecadores, no hubiesen podido contemplar su esplendor eterno, visible a la mirada interior pero invisible a las mentes corruptibles. Pero ahora, al dignarse instruirnos con su apariencia visible para disponernos a lo invisible, disgusta a los avaros porque no tuvo un cuerpo de oro, disgusta a los impuros porque nació de mujer, y los impuros odian muchísimo el que las mujeres conciban y den a luz, disgusta a los altivos porque sufrió con paciencia las injurias, disgusta a los sibaritas porque fue atormentado, y disgusta a los medrosos porque padeció la muerte. Y para que no parezca que defienden sus vicios, dicen que eso no les disgusta en los hombres, sino en el Hijo de Dios. Pues no entienden en qué consiste la eternidad de Dios que asumió al hombre, ni en qué consiste esa misma criatura humana, que con esas mutaciones fue reconducida a su antigua firmeza, para que aprendiéramos, por la enseñanza divina, que la enfermedad contraída por el pecado se cura con la virtud. Así, también se nos mostraba a qué grado de caducidad había llegado el hombre, por su pecado, y de qué fragilidad fue liberado con el auxilio divino.
Para eso el Hijo de Dios asumió al hombre y en él padeció los achaques humanos. Esta medicina del género humano es tan alta que no podemos ni imaginarla. Porque ¿qué soberbia podrá curarse si no se cura con la humildad del Hijo de Dios? ¿Qué avaricia podrá curarse si no se cura con la pobreza del Hijo de Dios? ¿Qué ira podrá curarse si no se cura con la paciencia del Hijo de Dios? ¿Qué impiedad podrá curarse si no se cura con la caridad del Hijo de Dios? Finalmente, ¿qué miedo podrá curarse si no se cura con la resurrección del cuerpo de Cristo el Señor? Levante el género humano su esperanza y reconozca su naturaleza y vea qué alto lugar ocupa entre las obras de Dios. No os menospreciéis, ¡oh varones!, pues el Hijo de Dios se hizo varón. No os menospreciéis, ¡oh mujeres!, pues el Hijo de Dios nació de mujer.
Pero tampoco améis lo carnal, pues, en el Hijo de Dios, no somos ni varón ni mujer. No améis las cosas temporales, porque si pudieran amarse rectamente, las hubiese amado el hombre asumido por el Hijo de Dios. No temáis las afrentas ni la cruz ni la muerte, porque si dañasen al hombre no las hubiera padecido el hombre que asumió el Hijo de Dios. Toda esta exhortación que, ahora, por doquier se pregona y venera, que cura a toda alma obediente, no entraría en las vidas humanas si no se hubiesen realizado todas esas cosas que tanto disgustan a los necios. ¿A quién se dignará imitar la ambiciosa altivez, para llegar a gustar la virtud, si se avergüenza de imitar a aquel de quien se dijo, antes de nacer, que será llamado Hijo del Altísimo, y que de hecho así es ya llamado por todo los pueblos, cosa que nadie puede negar?
Si tan alta estima tenemos de nosotros mismos, dignémonos imitar a aquel que se llama Hijo del Altísimo. Si nos tenemos en poco, osemos imitar a los publicanos y pecadores que le imitaron a Él. ¡Oh medicina que a todos aprovecha: reduce todos los tumores, purifica todas las podredumbres, suprime todo lo superfluo, conserva todo lo necesario, repara todo lo perdido, corrige todo lo depravado! ¿Quién se enorgullecerá contra el Hijo de Dios? ¿Quién desesperará de sí, cuando el Hijo de Dios quiso ser tan débil por él? ¿Quién pondrá la vida feliz en aquellas cosas que el Hijo de Dios enseñó a despreciar? ¿A qué adversidades cederá, quien cree que la naturaleza humana fue preservada, por el Hijo de Dios, entre tantas persecuciones? ¿Quién pensará que tiene cerrado el reino de los cielos, cuando sabe que los publicanos y las meretrices imitaron al Hijo de Dios? 39 ¿Y de qué maldad no se librará quien contempla, ama e imita los hechos y dichos de aquel hombre en el que el Hijo de Dios se nos ofreció como ejemplo de vida?
CAPÍTULO XII
La fe cristiana reina y vence por doquier
13. Así pues, varones y mujeres, y toda edad y dignidad de este mundo, se nos exhorta a la esperanza de la vida eterna. Unos, abandonando los bienes temporales, vuelan a los divinos. Otros se humillan ante las virtudes de los que eso hacen, y alaban lo que no se atreven a imitar. Unos pocos aún murmuran y se retuercen de vana envidia, son los que buscan sus cosas en la Iglesia aunque parezcan católicos, son los herejes que pretenden gloriarse con el nombre de Cristo, o los judíos que desean defender el pecado de su impiedad o los paganos que temen perder la curiosidad de su vana licencia. Pero la Iglesia católica, difundida a lo largo y lo ancho de todo el orbe, que quebrantó el ímpetu de todos ellos en tiempos pasados, se robustece más y más, no con la resistencia, sino con la tolerancia. Apoyada en su fe, se ríe de los problemas insidiosos que ellos presentan, con diligencia los discute, con inteligencia los resuelve. No se cuida de la paja de sus acusadores, ya que distingue con cautela y diligencia el tiempo de la cosecha, el de la era y el del granero. Corrige a los que denuncian su grano y a los que yerran, o cuenta entre las espinas y la cizaña a los envidiosos.
CAPÍTULO XIII
La fe recta y la acción buena
14. Así pues, sometamos nuestra alma a Dios si queremos reducir a servidumbre nuestro cuerpo y triunfar del diablo. La fe es la primera que somete el alma a Dios. Después, los preceptos para vivir bien, cuya observancia afirma la esperanza, nutre la caridad y comienza a iluminar lo que antes, solo, se creía. Dado que el conocimiento y la acción hacen al hombre feliz, así como hemos de evitar el error en el conocimiento, hemos de evitar la maldad en la conducta. Pues yerra quien piensa que puede conocer la verdad cuando vive inicuamente. Porque iniquidad es amar este mundo y estimar en mucho lo que nace y pasa, así como desearlo y trabajar para conseguirlo, regocijarse cuando abunda, temer que perezca y entristecerse cuando perece. Una vida tal no puede contemplar aquella verdad pura, auténtica e inalterable, ni adherirse a ella ni permanecer con ella para siempre. Por tanto, antes de que se purifique nuestra mente, hemos de creer lo que aún no podemos entender, pues con razón dijo el profeta: si no creyereis, no entenderéis 40.
15. La Iglesia nos transmite, en pocas palabras, la fe con la que se nos confían las cosas eternas, que los carnales no pueden todavía entender, y también las cosas temporales, pasadas y futuras, que la eternidad de la divina Providencia realizó o realizará por la salvación de los hombres. Creamos, pues, en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, personas eternas e inmutables, esto es, un solo Dios, Trinidad eterna en una única sustancia, Dios del que todo, por quien todo y en quien todo existe 41.
CAPÍTULO XIV
Afirmemos la Trinidad
16. Hagamos oídos sordos a los que dicen que solo existe el Padre, que no tiene Hijo, ni tiene consigo al Espíritu Santo, sino que el mismo Padre, a veces, se llama Hijo y, a veces, Espíritu Santo. Porque esos no conocen el Principio, del que todo procede, ni a su Imagen, por quien todo se forma, ni su Santidad, que todo lo ordena.
CAPÍTULO XV
Trinidad no significa tres dioses
17. No oigamos tampoco a los que se indignan y se estomagan porque no decimos que hay que adorar a tres dioses. Pues ignoran lo que es una y la misma sustancia, y les engañan sus fantasías porque suelen ver corporalmente tres animales o tres cuerpos cualesquiera, que se hallan separados en sus propios lugares, y piensan que así hemos de entender la sustancia divina. Y yerran mucho porque son soberbios y no pueden aprender porque se niegan a creer.
CAPÍTULO XVI
Las tres divinas personas son iguales y eternas
18. Ni escuchemos a los que dicen que solo el Padre es Dios verdadero y eterno, que el Hijo no fue engendrado por Él, sino hecho por Él de la nada; que hubo un tiempo en el que el Hijo no existía, aunque ocupa el primer lugar entre todas las criaturas, y que el Espíritu Santo es de menor majestad que el Hijo y que fue hecho después del Hijo y que la sustancia de los tres es diferente como el oro, la plata y el bronce. No saben lo que dicen, y, acostumbrados a ver las cosas con los ojos corporales, se empeñan en transferir sus vanas imágenes a estas sus discusiones. Ciertamente es algo grande contemplar con la mente una generación que no se realiza en el tiempo, sino que es eterna, y contemplar la misma Caridad y Santidad por la que el Engendrador y el Engendrado se unen de modo inefable. Es grande y difícil contemplar esto con la mente, aunque esté sosegada y tranquila. Pero no es posible que vean esto los que, demasiado apegados a la generación terrena, añaden a sus tinieblas también el humo, que no cesan de levantar con sus contiendas y disputas diarias, mientras rebosa su alma de afectos carnales. Son como leños que rezuman humedad, de los que el fuego no logra sacar sino humo y no pueden producir llama limpia. Y esto se puede decir, con razón, de todos los herejes.
CAPÍTULO XVII
La fe en la encarnación de Cristo
19. Creamos, pues, en la Trinidad inmutable al mismo tiempo que en su economía temporal por la salud del género humano. Y no escuchemos a los que dicen que el Hijo de Dios, Jesucristo, no es más que un simple hombre, aunque tan justo que mereció ser llamado Hijo de Dios. A éstos también la disciplina católica los arrojó de su seno, porque, engañados con el apetito de la vanagloria, se empeñaron, con obstinación, en discutir, antes de entenderlo, qué es la Verdad y la Sabiduría de Dios 42, y qué significa: en el principio era el Verbo, por quien fueron hechas todos las cosas, y cómo el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros 43.
CAPÍTULO XVIII
Cristo tuvo verdadero cuerpo
20. Ni oigamos tampoco a los que dicen que el Hijo de Dios no se hizo verdadero hombre, ni nació de mujer, sino que mostró a los que lo vieron una carne falsa y una figura simulada de cuerpo humano. Ignoran que la sustancia divina, al gobernar todas las criaturas, no puede recibir mancha alguna en absoluto, y, en cambio, ellos mismos confiesan que este sol visible esparce sus rayos sobre todas las inmundicias y las manchas corporales, y se mantiene puro e íntegro en todas partes. Si, pues, las cosas visibles y limpias pueden ser tocadas por cosas visibles y sucias sin mancharse, ¿cuánto más la Verdad, invisible e inmutable, al tomar el alma por el espíritu y el cuerpo por el alma, pudo asumir al hombre entero y liberarlo de todas sus enfermedades sin padecer contaminación alguna? Así, éstos padecen grandes angustias cuando temen lo imposible, a saber, que la Verdad se mancille con la propia carne humana. Entonces dicen que mintió la Verdad. Y como Cristo mandase:Poned en vuestros labios: Sí, sí, No, no 44, y el Apóstol clame: No había en Él Sí y No, tan sólo había Sí 45, estos pretenden que su cuerpo fue una carne falsa, de modo que les parece que no imitan a Cristo si no mienten a su audiencia.
CAPÍTULO XIX
Cristo tuvo mente humana
21. Tampoco escuchemos a los que confiesan a la Trinidad, en una solo sustancia eterna, pero se atreven a decir que el mismo hombre que fue asumido en la economía temporal no tuvo mente humana, sino solo alma y cuerpo. Esto es como decir: no fue hombre, aunque tenía miembros humanos. Pues alma y cuerpo tienen también los animales, pero carecen de entendimiento, que es lo propio del espíritu. Pero si hay que anatematizar a los que niegan que Cristo tuviera cuerpo humano, que es lo ínfimo en el hombre, me maravilla que éstos no se sonrojen al negarle que tuviera lo mejor que tiene el hombre. Mucho se ha de deplorar que la mente humana sea vencida por el cuerpo si ni siquiera fue reformada en aquel hombre en el cual el cuerpo humano recibió la dignidad de una forma celestial. Pero Dios nos libre de creer tal cosa, inventada por una ceguera temeraria y una locuacidad soberbia.
CAPÍTULO XX
El Verbo asumió al hombre en Cristo de otro modo que en los santos
22. Hagamos oídos sordos también a los que dicen que la Sabiduría divina asumió al hombre, nacido de la Virgen, igual que cuando hace sabios a unos hombres que así son sabios perfectos. Desconocen el misterio propio de ese hombre asumido y piensan que solo tuvo de especial, respecto a los demás bienaventurados, el haber nacido de una Virgen. Si reparasen bien en ello, quizá creyeran que, si tuvo una dignidad sobre todos los demás, fue porque tal encarnación fue algo muy especial que no lo ha sido en los otros. En efecto, una cosa es hacerse sabio por la Sabiduría de Dios y otra asumir la persona misma de la Sabiduría de Dios. Pues ¿quién hay que no entienda que, aunque la naturaleza del cuerpo de la Iglesia es única, existe una gran diferencia entre el cuerpo y la cabeza? Si la cabeza de la Iglesia es aquel hombre por cuya unión el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros 46, sus miembros son todos los santos con los que se completa y perfecciona la Iglesia. Pues, así como el alma anima y vivifica todo nuestro cuerpo, pero en la cabeza siente con la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto, y, en los otros miembros, solo siente con el tacto, y, por eso, todos los sentidos están sujetos a la cabeza para obrar, pues ella fue colocada arriba para dirigir. Y, así, en cierto modo, la cabeza hace la veces del alma que dirige el cuerpo, y la cabeza es como la sede de la persona y, por eso, están en ella todos los sentidos, del mismo modo el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, es para todo el pueblo de los santos como la cabeza para el cuerpo. Y, por tanto, la Sabiduría de Dios, el Verbo, que estaba en el principio y por quien fueron hechas todas las cosas, no asumió, así, a aquel hombre como a los demás santos, sino de modo mucho más excelente y sublime como a él solo convino asumirlo para que la Sabiduría apareciese en él como convenía que se manifestase visiblemente a los hombres. Por lo que, de un modo son sabios todos los hombres que lo son, o lo fueron o lo serán, y de otro modo lo es el único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús 47, que no solo se beneficia de la Sabiduría, por la que se hacen sabios todos los hombres, sino que él mismo lo es en persona. Pues de las demás almas sabias o espirituales, con razón, puede decirse que tienen en sí al Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, pero de nadie puede decirse, con razón, que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, pues eso solo se puede decir, con plena razón, de nuestro Señor Jesucristo.
CAPÍTULO XXI
El Verbo no tomó solo el cuerpo
23. Ni escuchemos a los que dicen que el Verbo de Dios tomó solamente el cuerpo, y así interpretan lo que se dijo: el Verbo se hizo carne, negando que asumiese al hombre, el alma o cosa humana alguna, a no ser la carne sola. Pues yerran mucho, y no entienden que solo se nombró la carne en aquello que se dijo: el Verbo se hizo carne, porque a los ojos de los hombres, por los que aquélla se asumió, solo la carne aparece. Pues si es absurdo y muy indigno que aquel hombre no tuviera espíritu humano, como ya hemos dicho antes, más absurdo aún será que no tenga espíritu ni alma, y sólo tenga lo que, incluso en los animales, es lo más ínfimo y vil, esto es, el cuerpo. Excluyamos, pues, también de nuestra fe esta impiedad y creamos que el Verbo de Dios asumió el hombre entero y perfecto.
CAPÍTULO XXII
Cristo nació de mujer
24. No escuchemos tampoco a los que dicen que nuestro Señor tuvo un cuerpo semejante a la paloma que vio Juan Bautista descender del cielo y posarse sobre Jesús como símbolo del Espíritu Santo. Así, pretenden hacer creer que el Hijo de Dios no nació de mujer, porque dicen que, si convenía mostrarlo a los ojos de la carne, pudo asumir un cuerpo como el Espíritu Santo, pues aquella paloma, aseguran, no había nacido de un huevo y, sin embargo, pudo aparecer ante los ojos humanos. A éstos hay que contestarles, en primer lugar, que donde leemos que el Espíritu Santo se apareció a Juan en figura de paloma 48, allí también leemos que Cristo nació de mujer 49, y no podemos creer una parte del Evangelio y rechazar la otra. ¿Por qué crees que el Espíritu Santo apareció en figura de paloma sino porque lo leíste en el Evangelio? Pues, por eso mismo, creo yo que Cristo nació de una virgen, porque lo he leído en el Evangelio. ¿Por qué el Espíritu Santo no nació de una paloma como Cristo nació de una mujer? La razón es que el Espíritu Santo no vino a libertar a los palomos, sino a dar a entender a los hombres la inocencia y el amor espiritual cuyo símbolo visible es la figura de paloma. En cambio, nuestro Señor Jesucristo que vino a liberar a los hombres, tanto varones como mujeres, porque ambos habían de salvarse, no despreció a los varones, pues se hizo varón, ni tampoco a las mujeres, pues nació de mujer. A esto se añade un gran misterio: ya que por la mujer nos vino la muerte, por la mujer se nos dio la vida, para que el diablo fuera vencido y atormentado por ambos géneros, femenino y masculino, ya que cantaba victoria por la ruina de los dos. Pequeño hubiera sido el rescate, de libertar ambos géneros, si no hubiera sido menester valerse de ambos para obtener la libertad. Y esto no lo decimos como si afirmásemos que solo el Señor Jesucristo tuviera verdadero cuerpo y que el Espíritu Santo hubiese aparecido, falazmente, a los ojos de los hombres, sino que a esos dos cuerpos creemos verdaderos cuerpos. Pues, como no convenía que el Hijo de Dios engañase a los hombres, tampoco era apropiado que los engañase el Espíritu Santo. Pero al Dios omnipotente que hizo todas las criaturas de la nada, no le era difícil fabricar un verdadero cuerpo de paloma, sin necesidad de padres, como no le fue difícil, aun sin el semen viril, hacer un verdadero cuerpo en el seno de María, pues la naturaleza corporal está sometida al imperio y a la voluntad de Dios, tanto en las entrañas de la mujer, para hacer un nuevo hombre, como en el mismo mundo para hacer una paloma. Pero los hombres necios y miserables no creen que el Dios omnipotente pudiese hacerlo porque ellos no lo pueden hacer o porque nunca en su vida lo vieron.
CAPÍTULO XXIII
El Hijo de Dios padeció sin perder su divinidad
25. Hagamos oídos sordos, también, a los que quieren obligarnos a contar entre la criaturas al Hijo de Dios porque padeció. Pues dicen: Si padeció es mudable, y si es mudable es criatura, porque la sustancia divina no admite alteración. Con éstos, también nosotros decimos que la sustancia divina no admite mutación y que la criatura es mudable. Pero una cosa es ser criatura y otra asumir la criatura. El Hijo unigénito de Dios, que es Virtud y Sabiduría de Dios, y Verbo, por el que se hicieron todas la cosas, aunque no admite alteración alguna, tomó la criatura humana, que Él se dignó levantar cuando aún estaba caída y renovarla cuando estaba decrépita. Y no se deterioró Él por lo que padeció, sino que la mejoró y la trasformó por su resurrección. Por eso, no hemos de negar que el Verbo del Padre, el Hijo único de Dios por el que se hizo todo, nació y padeció por nosotros. Pues también decimos que los mártires padecieron y murieron por el reino de los cielos, y, sin embargo, en esa pasión y muerte no perecieron sus almas. Por esto dice el Señor: No temáis a los que matan el cuerpo, pero nada pueden hacer al alma 50. Pues así como decimos que los mártires padecieron y murieron en el cuerpo que tenían, sin destrucción ni muerte del alma, así el Hijo de Dios decimos que padeció y murió, en el hombre asumido por Él, sin mutación o muerte alguna de su Divinidad.
CAPÍTULO XXIV
Cristo resucitó con el mismo cuerpo que fue sepultado
26. No escuchemos tampoco a los que niegan que el Señor resucitase con el mismo cuerpo que fue depositado en el sepulcro. Si no hubiera sido el mismo, no hubiera dicho a sus discípulos después de la resurrección: Palpad y ved, porque el espíritu no tiene huesos y carne, como veis que tengo yo 51. Es un sacrilegio creer que nuestro Señor, que es la misma Verdad, haya mentido en algo. Ni nos impresione, que, estando las puertas cerradas, de pronto, se apareciese a los discípulos, como está escrito 52, y por eso neguemos que tenía un cuerpo humano, porque, contra la naturaleza de este cuerpo, le vemos entrar con las puertas cerradas. Todo es posible para Dios 53. Así, caminar sobre las aguas es notoriamente contra la naturaleza de ese cuerpo, y, sin embargo, no solamente el mismo Señor caminó, antes de su pasión, sino que además hizo caminar a Pedro 54. Del mismo modo, también, después de su resurrección hizo lo que quiso de su cuerpo. Si, pues, pudo glorificarlo, antes de su pasión, con un esplendor como el del sol 55, ¿por qué no pudo, también, después de su pasión, reducirlo al nivel de sutilidad que haya querido, de modo que pudiera entrar con las puertas cerradas?
CAPÍTULO XXV
El cuerpo de Cristo fue elevado al cielo
27. Ni oigamos a los que niegan que nuestro Señor llevase al cielo su cuerpo, y citan, a ese propósito, lo que está escrito en el Evangelio: Nadie subió al cielo sino quien descendió del cielo 56. Y dicen: dado que el cuerpo no descendió del cielo, no podía subir al cielo. No entienden que el cuerpo no subió al cielo, pues el Señor ascendió, pero el cuerpo no ascendió, sino que fue llevado al cielo al llevarlo el que ascendió. Es como si, por ejemplo, alguien desciende desnudo de un cerro, y cuando ha descendido se viste y, vestido, sube de nuevo. Con razón, ciertamente, decimos: Nadie ascendió sino el que descendió, y no tenemos en cuenta el vestido que consigo se llevó, sino que decimos tan solo que subió quien ya se vistió.
CAPÍTULO XXVI
Cristo está sentado a la derecha del Padre.
¿Qué es la derecha y la izquierda?
28. Ni escuchemos a los que niegan que el Hijo esté sentado a la derecha del Padre. Y dicen: ¿Es que acaso el Padre tiene costado derecho e izquierdo como los cuerpos humanos? Nosotros tampoco tenemos este pensamiento acerca del Padre, ya que Dios no se define ni encierra en forma alguna de cuerpo. La diestra del Padre es la bienaventuranza eterna que se promete a los santos, como, con razón, se llama siniestra la miseria perpetua que se otorga a los impíos, de modo que, como dijimos, se entienda que la derecha y la izquierda no se encuentra en Dios mismo, sino en las criaturas. El cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, ha de estar a la derecha, esto es, en la misma bienaventuranza, como lo dice el Apóstol, pues: juntos nos resucitó y juntos nos hizo sentar en los cielos 57. Y aunque nuestro cuerpo aún no esté allí, nuestra esperanza ya está allí. Por eso, el mismo Señor, después de la resurrección, mandó a los discípulos, que estaban pescando, que echaran la red a la derecha. Y cuando lo hicieron, cogieron unos peces que eran todos grandes 58, porque éstos simbolizaban a los justos a los que se promete la derecha. Esto mismo quiso dar a entender cuando dijo que en el juicio iba a poner a los corderos a la derecha y a los cabritos a la izquierda 59.
CAPÍTULO XXVII
El juicio final es cierto
29. Ni oigamos a los que niegan el día del juicio futuro, y recuerdan que en el Evangelio está escrito que el que cree en Cristo no será juzgado y que el que no cree en Él ya está juzgado 60. Dicen pues: Si el que cree no vendrá a juicio y el que no cree ya está juzgado, ¿dónde están los que han de ser juzgados el día del juicio? No entienden que las Escrituras hablan así para presentar el tiempo pasado como futuro, según arriba dijimos que el Apóstol dice, de nosotros, que juntos nos ha hecho sentar en los cielos, aunque todavía no se ha realizado. Como el mismo Señor dijo a sus discípulos: Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer 61. Y poco después dice: muchas cosas tengo aún que deciros, pero no podéis llevarlas ahora 62. ¿Cómo ha dicho, pues: todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer, sino al dar por realizado lo que sin duda, un día, había de realizar por el Espíritu Santo? Del mismo modo, cuando oímos: el que cree en Cristo no vendrá a juicio, entendemos que no sufrirá la condenación. Pues se dice juicio por condenación, como cuando dice el Apóstol: el que no come no juzgue al que come 63, es decir, no piense mal de él. Y el Señor dice: no juzguéis y no seréis juzgados 64. Pero no nos quita la inteligencia para juzgar, pues el profeta dice: hijos de los hombres, si amáis de verdad la justicia, juzgad lo recto 65. Y el mismo Señor nos dice: no juzguéis según las personas, sino haced un juicio justo 66. En esto, en que nos prohíbe juzgar, nos advierte que no condenemos a nadie, porque no conocemos sus pensamientos o no sabemos cómo ha de ser más tarde. Del mismo modo, al decir que no vendrá a juicio, quiso decir que no sufrirá condena. Y, con: el que no cree ya ha sido juzgado 67, quiso decir que en la presciencia divina ya está condenado, pues Dios sabe lo que amenaza a los incrédulos.
CAPÍTULO XXVIII
El Espíritu prometido no vino con Pablo y Montano
30. No escuchemos tampoco a los que dicen que el Espíritu Santo que prometió el Señor en el Evangelio ha venido con Pablo, el apóstol; o con Montano y Priscila, como dicen los catafrigas; o con no sé qué Manés o Maniqueo, como dicen los maniqueos. Éstos están tan ciegos que no entienden las Escrituras más claras o viven tan olvidados de su salvación que no las leen en absoluto. Pues ¿quién, si lee el Evangelio, no entenderá lo que escribe, para después de la resurrección del Señor, cuando éste dice: yo envío el prometido de mi Padre sobre vosotros; quedaos, pues, aquí, en la ciudad, hasta que seáis revestidos de la virtud de lo alto? 68 Y no prestan atención a que, en los Hechos de los Apóstoles, después de desaparecer el Señor, al subir al cielo, de la vista de sus discípulos, pasados diez días, el día de Pentecostés, con toda claridad, vino el Espíritu Santo, y como estaban en la ciudad, como les había aconsejado, los llenó a todos de modo que hablaron lenguas 69. Pues de las diversas naciones que entonces estaban presentes, cada uno de los oyentes les entendía en su propia lengua. Pero estos hombres engañan a los que, sin atender a la fe católica, no quieren aprender de su fe, que en las Escrituras es universal, y, lo que es más grave y lamentable, son negligentes para entregarse a la fe católica y diligentes para acomodarse a los herejes.
CAPÍTULO XXIX
La unidad de la Iglesia y los donatistas
31. Ni escuchemos a los que niegan que la santa Iglesia, que es la única católica, esté difundida por todo el mundo, sino que piensan que solo es válida en África, esto es, en el partido de Donato. Éstos hacen oídos sordos al profeta que dice: tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy, pídeme y te daré todas las gentes como herencia tuya y como posesión tuya hasta los confines de la tierra 70. Y otros muchos pasajes, que están escritos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, que muy claramente declaran que la Iglesia de Cristo está difundida por todo el orbe de la tierra. Cuando les objetamos esto, dicen que eso se realizó ya antes de surgir el partido de Donato, pero que después pereció toda la Iglesia, y pretenden que solo quedaron sus restos en la parte de Donato. ¡Oh, lengua orgullosa y abominable!, ¡ojalá al menos viviesen de modo que entre ellos se mantuviese la paz! Pero ahora no se dan cuenta que ya ha ocurrido en el donatismo lo que está escrito: con la medida que midiereis seréis medidos 71.
Pues como Donato intentó dividir a Cristo, así él es dividido por los suyos con divisiones diarias. A esto también pertenece aquello que el Señor dice: el que a espada hiere, a espada morirá 72. En este pasaje, la espada, que tiene un sentido peyorativo, significa la lengua que siembra la discordia, con la que el infeliz Donato hirió a la Iglesia aunque no la asesinó. Porque no dijo el Señor: el que mate con la espada, a espada morirá, sino: quien usare de la espada, a espada morirá. Como él hirió a la Iglesia con la lengua contenciosa, también él es hoy dividido, por ella, hasta que se disgregue y muera definitivamente. Pues, aunque el apóstol Pedro, que no había obrado por propio orgullo sino por amor, aunque fuera carnal, al Señor, cuando fue amonestado guardó la espada, pero este Donato no la envainó ni aun vencido. Llevó al obispo Ceciliano ante el tribunal, ante los obispos de Roma que él había pedido; no pudo probar nada de lo que había intentado, pero se cerró en su cisma hasta morir con su espada. Su partido no escucha ni a los Profetas ni al Evangelio, en los que muy claramente está escrito que la Iglesia de Cristo está difundida entre todas las gentes. Y escucha a los cismáticos, no buscando la gloria de Dios sino la suya, y así manifiesta con claridad que es un esclavo, no un hombre libre, que tiene cortada la oreja derecha. Pues Pedro, equivocado por amor al Señor, cortó la oreja derecha a un siervo, no a un hombre libre, y eso significa que los que son heridos por la espada del cisma, son siervos de los deseos carnales y aún no han sido conducidos a la libertad del Espíritu Santo, de modo que ya no pongan la confianza en el hombre. Significa también que no oyen lo que es recto, esto es, la gloria del Señor muy ampliamente proclamada por la Iglesia católica, sino que solo oyen el error siniestro de la vanagloria humana.
Y si el Señor dice en el Evangelio que, cuando éste fuere predicado, en todos los países, vendrá el fin 73, ¿cómo dicen éstos que todas las demás gentes perdieron la fe, y que la Iglesia permaneció solo en la parte de Donato? Pues es notorio que, después de separarse su partido de la unidad, han creído nuevas gentes, y todavía quedan algunas sin recibir la fe, por lo que se les predica cada día, sin cesar, el Evangelio. ¿Y quién no se admiraría de alguien que quisiera llamarse cristiano y le arrastrase tan gran impiedad, contra la gloria de Cristo, que osare decir que todos aquellos pueblos que actualmente acceden a la Iglesia de Dios y se apresuran a creer en el Hijo de Dios, en vano lo hacen porque no los bautiza un donatista? Sin duda los hombres abominarían de todo esto y los abandonarían sin dilación, si buscasen a Cristo, si amasen a la Iglesia, si fuesen libres, y si tuviesen sana la oreja derecha.
CAPÍTULO XXX
Contra los luciferinos
32. Ni oigamos a los que, aunque no rebauticen a nadie, se separaron de la unidad y prefirieron llamarse luciferinos y no católicos. Hacen bien, en cuanto entienden que el bautismo de Cristo no se debe repetir. Sienten que el sacramento de la santa purificación no se da en parte alguna sino por la Iglesia católica, pues los sarmientos cortados mantienen en sí aquella forma que habían recibido de la vid antes que fueran cortados. Estos son, pues, de quienes dijo el Apóstol: tienen la apariencia de piedad, pero niegan su virtud 74. La gran virtud de la piedad es la paz y la unidad, porque Dios es uno. Pero ellos no la tienen porque fueron separados de la unidad. Y, por tanto, si alguno de ellos viene a la Católica, no renuevan la apariencia de piedad que tienen, sino que reciben la virtud de la piedad que no tienen. Pues claramente enseña el Apóstol que los ramos amputados pueden injertarse de nuevo si no permanecen en la incredulidad 75. Cuando los luciferinos lo entienden y no rebautizan no se lo condenamos, mas ¿quién no reconocerá que es detestable el que hayan preferido ser desarraigados? Máxime, porque lo que más les desagradó en la Iglesia católica fue el que su piedad fuese católica. Porque nunca en ninguna parte deben reinar las entrañas de misericordia, como en la Iglesia católica, para que, como auténtica madre, no insulte con orgullo a los hijos pecadores, y perdone, sin dificultad, a los arrepentidos. Pues, no sin causa, Pedro hace las veces de esta Iglesia católica entre todos los apóstoles. A esta Iglesia se le dieron las llaves del reino de los cielos cuando se las dieron a Pedro 76. Y cuando a él se le dijo, a todos se les dijo: ¿Me amas? Apacienta mis ovejas 77. Debe, pues, la Iglesia católica, por la firmeza de su piedad, perdonar con liberalidad a sus hijos, pues vemos que se le concedió perdón a Pedro, que hacía sus veces, cuando titubeó en el mar 78, cuando quería apartar al Señor de su pasión con la prudencia de la carne 79, cuando cortó la oreja de un siervo con la espada, cuando negó al Señor por tres veces 80 y, posteriormente, cuando cayó en una simulación supersticiosa 81. Pero una vez arrepentido y reformado, llegó hasta la gloria de la pasión del Señor.
Del mismo modo, después de la persecución que promovieron los herejes arrianos, y después que los príncipes seculares dieron a la Iglesia católica la paz, que ella tiene siempre en el Señor, muchos obispos, que habían consentido en la perfidia de los arrianos durante aquella persecución, arrepentidos, solicitaron entrar en la Católica y anatematizaron lo que habían creído o lo que habían simulado creer. A éstos, la Iglesia católica los recibió en su seno maternal como se recibió a Pedro, amonestado por el canto del gallo, después de llorar su negación y como a él mismo cuando, después de la simulación perversa, se corrigió, avisado por la voz de Pablo. Pero los luciferinos recibieron con soberbia la caridad de la madre y con impiedad la rechazaron. Por no haberse alegrado con Pedro cuando se levantó con el canto del gallo 82, merecieron caer con Lucifer que se rebelaba a la aurora 83.
CAPÍTULO XXXI
La iglesia puede perdonar todos los pecados.
Las viudas pueden casarse
33. No escuchemos tampoco a los que niegan que la Iglesia de Dios pueda perdonar todos los pecados. Así, estos miserables como no vieron en Pedro la piedra, y por negarse a creer que a la Iglesia le han sido dadas las llaves del reino de los cielos, ellos las han perdido entre sus manos. Estos son los que condenan a las viudas como adúlteras, cuando vuelven a casarse, y proclaman que son más puros que la doctrina apostólica. Estos cátaros, si quisieran reconocer su verdadero nombre tendrían que llamarse mundanos más bien que mundos 84. Y, puesto que cuando pecan no quieren corregirse, no han elegido otra cosa que ser condenados con el mundo. Porque a los pecadores les niegan el perdón, pero no es para curarlos en salud, sino que le quitan la medicina al enfermo, y obligan a las viudas a quemarse sin permitirles casarse. No hemos de tenerles por más prudentes que el apóstol Pablo, que prefirió que se casasen antes de que se abrasasen 85.
CAPÍTULO XXXII
Hay que admitir la resurrección de la carne
34. Ni escuchemos a los que niegan la futura resurrección de la carne, y recuerdan lo que dice el apóstol Pablo: la carne y la sangre no poseerán el reino de Dios 86. No entienden lo que dice el mismo Apóstol: es preciso que esto corruptible se revista de incorrupción y que esto mortal se revista de inmortalidad 87. Cuando esto se realice ya no habrá carne ni sangre, sino un cuerpo celestial. Es lo que promete el Señor cuando dice: no se casarán ni tomarán esposa, sino que serán como los ángeles de Dios 88. Pues ya no vivirán para los hombres, sino para Dios, cuando sean hechos iguales a los ángeles. La carne y la sangre se transformarán y se harán un cuerpo celeste y angelical. Y los muertos resucitarán incorruptos y nosotros seremos transformados 89. Y así será verdad que resucitará la carne, aun siendo verdad que la carne y la sangre no poseerán el reino de Dios.
CAPÍTULO XXXIII
Conclusión
35. Nutrámonos, pues, en Cristo, amamantados por esta simplicidad y sinceridad de la fe. Y mientras seamos párvulos no apetezcamos el alimento de los adultos, sino que crezcamos en Cristo, con estos alimentos salubérrimos, entregados a las buenas costumbres y a la justicia cristiana, en la que se perfecciona y confirma la caridad de Dios y del prójimo, para que cada uno de nosotros triunfe en sí mismo y por Cristo, de quien ya se ha revestido, del diablo enemigo y sus ángeles. Porque la caridad perfecta excluye el amor y el temor del mundo, esto es, la codicia de adquirir bienes temporales y el temor a perderlos. Por esas dos puertas entra y reina el enemigo, que debe ser arrojado primero con el temor de Dios y después por la caridad. Pues tanto más debemos apetecer el conocimiento manifiesto y sincero de la verdad cuanto más vemos que progresamos en la caridad y cuanto más purificado tengamos el corazón con su simplicidad, porque con esa mirada interior se hace visible la verdad, según se dice: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios 90. Para que, arraigados y apoyados en la caridad, alcancemos a comprender, con todos los santos, cuál sea la anchura y la longitud, la altura y profundidad, y conozcamos también la supereminente ciencia de la caridad de Cristo, para que nos llenemos de toda la plenitud de Dios 91. Y así, después de este combate contra el enemigo invisible, merezcamos la corona de la victoria, ya que, para los que lo quieren y lo aman, el yugo de Cristo es suave y su carga ligera 92.
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