Un pensador inexplicablemente olvidado: Reaparece el Dr. Allers

Durante muchos años el profesor Rudolf Allers fue un personaje en el mundo de la cultura. Célebre psiquiatra, destacado filósofo, patrólogo, maestro abnegado. Ciertamente no fue un hombre que pasó inadvertido. Todo lo contrario. Sin embargo, hoy es prácticamente un desconocido.

Un viaje por Internet, en la que se encuentra de todo, dará como resultado una microscópica información sobre este gran pensador católico del siglo XX. Sólo referencias tangenciales; casi nada de su biografía, tampoco de su pensamiento. Uno puede preguntarse si ello se debe a que su razonamiento ha perdido valor, o más bien, a que sus planteamientos resultan incómodos a quienes se han acostumbrado a la grave crisis cultural hodierna, o simplemente al descuido y la indiferencia.

Resulta casi una odisea llegar a descubrir que unas seiscientas publicaciones de libros y artículos son producto de su pluma. Cercano colaborador de Alfred Adler, se separó de él por no considerar verificables las afirmaciones del psicoanálisis, cuyos fundamentos empíricos consideraba en extremo frágiles y reductivos. En un salón de la Universidad de Viena, Allers y Oswald Schwarz anunciaron públicamente su abandono de la Sociedad para la Psicología Individual de Adler. Victor Frankl expresó su adhesión a los disidentes y como consecuencia de ello fue expulsado del grupo adleriano.

Allers influyó decisivamente en el joven Frankl. No se puede negar que en la hoy famosa logoterapia quedan huellas del pensamiento alleriano que considera que «sin un cierto sustrato de filosofía, tratar de llevar un paciente a la normalidad es una empresa desesperada». En el Congreso de Logoterapia de 1990, en Buenos Aires, Frankl se reconoció deudor de Allers.

Allers fue también mentor de Hans Urs von Balthasar y amigo de Santa Edith Stein. Tras su muerte, Allers tradujo una de sus obras al inglés. En sus clases usaba material de Stein. Todo ello sería suficiente para interesarse en Allers, un protagonista de importancia en la trayectoria del pensamiento occidental del siglo XX.

Nació en Viena, Austria, en 1883. Su padre era médico y su madre provenía de una familia de científicos. Rudolf siguió el camino de su padre y de la rama materna. Estudió medicina y ciencias. Le gustaba mucho el trabajo de laboratorio, tendencia que mantendría en el curso de los años. Recibió su doctorado en 1906, en la Universidad de Viena. Paralelamente a sus estudios de medicina dedicó mucho tiempo al estudio y práctica de la química. De hecho, publicó varios artículos sobre bioquímica. Sus estudios en esta área le sirvieron para sus investigaciones neurofisiológicas.

Tuvo como profesor a Sigmund Freud, interesándose por su línea psicoanalítica en 1908. En ese mismo año se unió en matrimonio con Carola Meitner, hija de un famoso abogado vienés. Se orientó a la psiquiatría y obtuvo el puesto de asistente en la Clínica para Enfermedades Nerviosas y Mentales en Praga. De allí pasó a la Clínica de enfermedades mentales en Munich, donde se convirtió en profesor de psiquiatría en 1913. Trabajó junto con el profesor Emil Krapelin, considerado como el fundador de la psiquiatría moderna.

El advenimiento de la I Guerra Mundial lo llevó como médico cirujano al campo de batalla. Recibió la Cruz del Mérito y la medalla de la Cruz Roja por sus sacrificados servicios en la frontera polaco-rusa. Fruto de su experiencia con heridas de guerra publicó un libro. Al finalizar el conflicto fue llamado como jefe del Departamento de Psicología Sensorial y Médica, en el Instituto de Psicología de Viena. Desde 1927 además del estudio y de la enseñanza ejerció la psiquiatría. Su vocación de buscador de la verdad y la necesidad de profundizar los estudios para ayudar mejor a sus pacientes lo llevaron, por consejo del padre Agostino Gemelli, a estudiar filosofía en la Universidad del Sacro Cuore, en Milán. En 1934 obtuvo otro doctorado. La profundización filosófica lo llevó a identificarse con la Philosophia perennis, aunque sin limitarse a ella, permaneciendo abierto a todo cuanto las nuevas corrientes de filosofía pudiesen aportar para la mejor comprensión del ser humano.

Unos libros suyos traducidos del alemán al inglés, Psicología del carácter (1931), La nueva psicología (1933), Psicología práctica en el desarrollo del carácter (1934), llamaron mucho la atención en los Estados Unidos por su novedoso enfoque. Fue invitado como profesor de psicología a la Universidad Católica de América, en 1937. Su vida en Viena se presentaba difícil ante el advenimiento de Hitler, por los que los tres Allers —Rudolf, Carola y su hijo Ulrich— viajaron al nuevo continente. Tras diez años de enseñanza se trasladó a la Universidad de Georgetown, esta vez como profesor de Filosofía. Se puede llamar a esta etapa, el período estadounidense de Allers. En 1955 realizó una extensa gira por Francia y Austria, durante la cual pronunció numerosas conferencias. En 1958 recibió una beca de investigación de la Fundación Guggenhaim, que lo llevó nuevamente a Europa. Un año después volvió a Austria para dar una serie de cursos en el Forum Europeo. Sus artículos y libros se publicaban en América y Europa.

En su etapa estadounidense, gracias a los logros en la enseñanza, en publicaciones y por haber escrito una de las más sólidas refutaciones de Freud, The successful error (Freudianism) [“El error exitoso” (Freudianismo)], Allers recibió la Medalla Santo Tomás de Aquino por sus “prominentes contribuciones a la Filosofía”; recibió también el Doctorado honoris causa en Leyes por la Universidad de Georgetown; fue Presidente del Capítulo Filosófico del distrito Maryland-Virginia, Presidente de la Sociedad Metafísica de América, y miembro de varias academias como la de arte, la de filosofía, la de pensamiento medieval, la de ciencias de Nueva York. La prensa lo consideraba como “pionero católico de la psicología en los Estados Unidos”.

Su último libro, Existencialismo y psiquiatría, es una recopilación que incluye cuatro brillantes pláticas, editadas en la serie Conferencias Americanas de Psiquiatría Clínica. En este volumen muestra su familiaridad con la filosofía en general, con el existencialismo, con la psicología, la psiquiatría, la fisiología, el pensamiento tecnológico y la teología. Su pensamiento abarca la unidad del ser humano. No es un exponente del fraccionado conocimiento de hoy; todo lo contrario: su meta es aproximarse al hombre total.

Desde que fue alumno de Freud, Allers fue protagonista y testigo de la evolución de la psicología y de la psiquiatría en algunos de los momentos críticos de estas disciplinas. Su orientación al estudio de la filosofía fue consecuencia de lo que percibía como psicoterapeuta. Tras las corrientes psicoanalíticas y otras que se presentan como ciencias, existen ideas subyacentes. La crítica del frágil fundamento de esas disciplinas mentales lo lleva a una seria preocupación por las ideas o la ideología que están en su base. Allers fue un pionero en percibir esta grave deficiencia, y procuró darle remedio en su psicoterapia y en la filosofía. A este respecto, señalaba: “Me han persuadido de la necesidad de clarificar los conceptos fundamentales de la psicología médica y de proveer a la psiquiatría y a la psicoterapia con una sólida base filosófica”.

“Se me ha hecho más y más evidente que la teoría y la práctica de la psiquiatría dependen, en buena parte, de las ideas generales sobre la naturaleza humana que prevalecen en sucesivas fases de la historia. Nunca antes la historia se ha movido a tal velocidad, como lo ha hecho desde el fin del siglo (XIX). En consecuencia, nunca antes han ocurrido tan profundos cambios en todas las disciplinas empíricas y teoréticas. La psiquiatría está envuelta en este proceso al igual que las otras disciplinas, o tal vez más que ellas. Pues el modo en que el psiquiatra concibe sus problemas y su tarea depende, lo sepa o no, de la manera en la que concibe la naturaleza humana. Pero el desarrollar la visión del hombre pertenece a la filosofía”. Así escribía Allers en 1961. Para él la psicología, psiquiatría, psicoterapia requieren de una “antropología filosófica”, es decir de una “filosofía comprensiva de la naturaleza humana”. Y ello supone, entre otras cosas, el método correcto.

En este sentido nuestro autor subrayaba también la cercana relación que, para muchos psiquiatras, se estaba produciendo con la filosofía. Sin embargo, Allers advertía: “El psiquiatra se inclina fácilmente a hacer su propia filosofía, pues le parece que ello da sustento a los puntos de vista sugeridos por su experiencia. Pero, dicha experiencia, a su vez, está forjada por el clima intelectual en el cual el psiquiatra creció y en el que se mueve”. En 1961 se dirige a una corriente psiquiátrica en Estados Unidos que había importado de Europa una perspectiva heideggerina, y procura demostrar cómo quienes han asumido algunas ideas de Martin Heidegger no lo han entendido del todo. Como conclusión decía que era necesario ponerse en una perspectiva metodológicamente correcta, una perspectiva que permitiese evaluar las diversas concepciones desde un punto de vista histórico amplio. Así daba razón del resultado de su periplo en búsqueda de la verdad sobre el ser humano y del modo de ayudar a los que sufren interiormente. El recorrido de la psiquiatría a la filosofía. Hoy estas ideas de Allers resultan incómodas para muchos. Sin embargo, para quien aspire a acercarse con seriedad a estas disciplinas resulta inevitable dialogar con el gran maestro austriaco y evaluar el alcance de sus planteamientos. En efecto, en los últimos años son cada vez más numerosas las voces que vienen advirtiendo sobre la presencia de ideologías en la base de diversas disciplinas académicas, que usualmente se presentan como neutras.

Los planteamientos del maestro vienés sobre la educación coinciden con los del Cardenal John Henry Newman. No hay evidencia de que haya leído a Newman. No obstante, coinciden en el rechazo de la fragmentación que se produce en la educación universitaria. “En la práctica —dice Allers— el estudiante es alentado demasiado frecuentemente a ‘especializarse’ lo más rápidamente posible, incluso si es aún incapaz de evaluar la naturaleza de las materias y sus propias habilidades. Los mismos educadores han perdido de vista la unidad fundamental del conocimiento y del aprendizaje”. Los resultados de lo que señalaba hace más de cuarenta años el profesor Allers se pueden ver en el descenso acelerado de la educación, no sólo universitaria, sino también escolar, en muchos países. No pocas veces los diplomas no tienen otro valor real que el papel en que están impresos. Allers mismo afirmaba, en un esbozo autobiográfico publicado en El libro de los autores católicos, que: “Como yo lo veo, la multiplicidad de intereses que yo he experimentado en mi vida ha sido uno de sus más altos valores”.

Como humanista cristiano, Allers se mueve en coordenadas teológicas, como se puede constatar en sus numerosas publicaciones en revistas como Études Carmélitaines, Ecclesiastical Review, The Thomist, Franciscan Studies, The New Scholasticism, Modern Age, Orientamenti Pedagogici. En su preocupación central por el ser humano, su identidad y su meta, no olvidó tratar un tema que hoy aparece como fundamental de cara al futuro: “La tecnología y la persona humana” y “Tecnología y cultura cristiana”. Al mismo tiempo trataba temas de gran alcance cultural como “La psiquiatría y la mente moderna”, “La psiquiatría y el papel de la fe personal”, “El rol de la psicología y de la filosofía en la forja del mundo moderno”.

En un aplaudido discurso a la American Catholic Psychological Association, en setiembre de 1956, Allers señaló que el ser humano, ni como individuo ni como grupo, es la medida de todas las cosas. El hombre, para preservar sus valores, “debe descubrir una vía media para caminar entre el extremo subjetivismo o individualismo, y la uniformización, que resulta de la uniformidad grupal”. Apuntaba, ya entonces, a lo que llama “el reino de lo trans-subjetivo”. Hoy su perspectiva puede ser aplicada a una problemática macro social que se está extendiendo ampliamente en la medida en que avanza el proceso de globalización.

Allers señala tres principios básicos que enmarcan su quehacer filosófico, psicológico y psiquiátrico. “La concepción católica del universo, el sistema filosófico de la philosophia perennis, y el empirismo de la investigación psicológica moderna, especialmente como es presentado en la psicología individual”. Su pensamiento encuentra en la enseñanza un campo de despliegue fundamental. Posee una metodología sumamente sugerente, no estática y aburrida, sino dirigida a la participación responsable y activa del estudiante, que es involucrado en el aprendizaje metodológico y en la profundización paralela en el amplio mundo del pensamiento. A pesar del tiempo dedicado a sus muchas publicaciones, la enseñanza lo fascinaba. Ayudar a los demás a descubrir una recta metodología, a formarse en libertad, a asumir una recta jerarquía de valores e internalizarla es la meta de su personalismo en acción.

Ya profesor emérito, continuaba enseñando filosofía en la Universidad de Georgetown, pero su quebrantada salud no le permitía desplazarse, por lo que sus alumnos universitarios acudían a la casa de reposo de la Arquidiócesis de Washington, Carroll Manor. Las hermanas carmelitas a cargo de la casa habían convertido el solarium en un aula de clase para los alumnos del anciano maestro. A la edad de 80 años fue convocado a la presencia de Dios. La Misa de exequias fue celebrada el 17 de diciembre de 1963, en la Iglesia de la Santísima Trinidad, en Georgetown. Sus restos mortales se encuentran en el cementerio Santa María.

Se acerca la conmemoración de los ciento veinte años del nacimiento de este pensador cristiano. Es una magnífica ocasión para su relanzamiento, para que la edición de nuevas obras y traducciones se sume a las que ya empiezan a aparecer. La preocupación de Rudolf Allers por que los cristianos tengan conciencia de su identidad y que aquellos invitados al trabajo intelectual estén en condiciones de dialogar con las corrientes de pensamiento de su tiempo, lleva principalmente a que los cristianos seamos conscientes de la fe que profesamos, al compromiso de dar razón de ella y al conocimiento de nuestras propias tradiciones de pensamiento.

Culmino este artículo con una cita: “El hombre ha sido dotado por su Creador del poder de la creatividad, no para suscitar la existencia sino para transformar lo que meramente existe en un mundo y darle sentido”.

Fonte: http://www.rudolfallers.info/figari2.html

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